Ambrona

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Ambrona

El Museo de Ambrona es probablemente el más pequeño del mundo pero es también probablmente único por el tesoro que guarda en su interior.

Fué construido en 1963 gracias a la idea feliz y pionera de un paleontólogo, de nombre Emiliano Aguirre, quien propuso dejar, tal cual lo había encontrado, parte del yacimiento de grandes hervívoros que habían vivido aquí entre 350.000 y 400.000 años atras.

El primer hallazgo se había producido a finales del siglo XIX, cuando el trazado de la línea de ferrocarril de Madrid a Soria cruzó el pequeño valle de Ambrona y puso al descubierto los primeros fósiles y herramientas humanas. Desde entonces los paleontólogos no han cesado de hacer descubrimientos, y aún continúan haciéndolos en la actualidad. Gracias a ellos sabemos que el pequeño valle actual era entonces de fondo muy plano y que en él se formaban muchas charcas poco profundas. Probablemente era una ruta migratoria por la que se desplazaban caballos, ciervos, uros, rinocerontes y uros, así como elefantes – mucho mayores que los actuales – además de depredadores como hienas, lobos y leones.

La presencia de hachas propias de la cultura del Homo heidelbergensis indujo a pensar durante un tiempo que los restos hallados eran producto de sus cacerías en torno a la charcas, aprovechando la necesidad de los animales de acudir a ellas para beber.

Hoy se sabe que no es así. Que aquellos primitivos humanos no eran cazadores sino carroñeros oportunistas. Que incapaces de abatir a las grandes bestias, devoraban los cadáveres de las que morían en torno a las charcas y que para ellos los períodos de sequía debían ser tiempos de abundancia.

Así aparecen representados en uno de los muros interiores del museo, en medio de una charca seca, sobre los restos de un uro, mientras las hienas y los buitres se concentran en torno al cadaver de un elefante. En el piso de la sala se hallan, tal como fueron descubiertos, los restos de varios elefantes que probablemente ellos descuartizaron  y cuya carne representó un precioso botín. Luego el clima cambió y también el aspecto del valle. Aquellos hombres se extinguieron y las pruebas de su existencia quedaron ocultas bajo la tierra. Como si nunca hubieran existido. Hasta que por azar fueron descubiertos y hoy podamos, al traspasar la puerta del pequeño museo de Ambrona, asomarnos a ese remoto pasado y atisbar un instante de sus vidas.

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