Cañon del Duratón

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Cañon del Duratón

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El año 1973 representó un punto de inflexión para muchas especies de la fauna española que por primera vez quedaron protegidas. Una de ellas fue el buitre leonado, cuya población no ha dejado de crecer desde entonces, salvo un bache en los años de las vacas locas.Según los datos más recientes publicados por la Sociedad Española de Ornitología , el número de parejas reproductoras es del orden de 30.000 y el total de  ejemplares debe ser de al menos 90.000. Las colonias de cría que habían quedado desiertas fueron reocupándose poco a poco y allí donde habían sobrevivido aumentaron hasta albergar hoy varios cientos de parejas.

Fue poco antes de esa fecha cuando conocí la buitrera de la Hoz del Duratón, asentada en el profundo y zigzagueante desfiladero que hiende un gran bloque calizo en medio de la llanura segoviana.

La espectacularidad de su paisaje, la abundancia de buitres y otras aves, la gran variedad de plantas y el marcado contraste entre el interior de la hoz y la paramera circundante, la convirtieron desde entonces en mi favorita. Ha ello ha contribuido sin duda la relativa proximidad a mi casa que me permite, si salgo temprano, caminar por el sendero que corre por su fondo – de acceso regulado en función de la época del año para asegurar la necesaria tranquilidad de sus alados residentes – y regresar a la caída de la tarde.

Así he podido comprobar que lo que entonces era un remoto e ignorado lugar, conocido tan solo por las gentes del entorno y algunos naturalistas, es hoy un bien cuidado Parque Natural que cuenta con un centro de visitantes, La casa del Parque, en la histórica villa de Sepúlveda , declarada Conjunto Histórico-Artístico y principal punto de acceso a la Hoz.

No solo naturaleza hay en la Hoz.El arco de un puente romano sobre el Duratón nos retrotrae a los comienzos de la historia de Iberia mientras que la  escondida Cueva de los Siete Altares nos proporciona aunque solo sea un atisbo de la vida de los ermitaños que en la Edad Media se retiraron a estas soledades.

Para mi, y creo que para todos los que la han visitado, la parte más espectacular de la Hoz del Duratón son las inmediaciones de la ermita de San Frutos, en uno de los estrechos meandros en que el río ha ido encajándose en una lenta labor de millones de años.

La ermita, levantada para honrar la memoria del ermitaño que le da nombre, es casi lo único que se mantiene en pie del pequeño monasterio que desde el siglo XI estuvo habitado por monjes de Silos hasta la desamortización de 1835.

Desde esa fecha quedó abandonado y poco a poco se vino abajo, sin más testigos que los buitres que lo sobrevuelan silenciosos a baja altura y los cada día más escasos pastores que aún apacientan a sus ovejas en su entorno.

Hubieron de transcurrir ciento cincuenta años para que se reconociesen los valores naturales e históricos de la Hoz del Duratón y se tomaran medidas para protegerlos. Un tiempo irrelevante para el río que continúa encajándose en la roca; poco también para los buitres que allí han sobrevivido a todos los avatares; varias generaciones para el anciano pastor y una eternidad para una sociedad que no cesa de hablar de sostenibilidad pero no la practica. O que camina hacia ella a un ritmo tan lento que quizás no la alcance. Lo acaecido en Duratón no es la regla sino la excepción. Pero bienvenido sea, porque al menos aquí cualquier tiempo pasado no fue mejor.

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