La Mesa de Miranda

El castro de La Mesa de Miranda, construido por los vettones en un encinar abulense hoy declarado ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves), tiene un bonito y merecido nombre. Habitado entre los siglos V y I antes de nuestra era, el castro se encuentra situado justo en la zona de contacto de la sierra, productora de pastos y productos forestales, con las fértiles tierras de cultivo de la depresión del Duero, lo que permitía a sus habitantes explotar los recursos de ambos ambientes. Su abandono se produjo, según los arqueólogos e historiadores, cuando los romanos consiguieron el control de este territorio y no fue debido, al parecer, sólo a la superioridad militar de las legiones, sino también a que sus campamentos y su red de vías de comunicación cambiaron la forma de vida y el uso del territorio de quienes hasta entonces habitaron en estas fortalezas-estado que fueron los castros.

La Mesa de Miranda consta de tres recintos amurallados que, por facilidad de acceso, hoy recorre el visitante en orden inversa al que fueron construidos. El conjunto se completa con una necrópolis construida extramuros, aunque a ella se superpone en parte el tercer recinto. Los lugareños la bautizaron como La Osera, por el gran número de huesos que encontraban en el lugar, hasta que a principios del siglo XX los arqueólogos se hicieron cargo de las excavaciones. Gracias a sus estudios sabemos que eran dos los rituales de enterramiento: Quienes morían en combate eran expuestos a los buitres, para que sus almas fuesen transportadas directamente al cielo, mientras el resto de los mortales eran incinerados y luego los restos de unos y otros eran enterrados en vasijas de barro.

Tras atravesar la necrópolis, que grandes hitos dividen en sectores y cuya alineación se supone que podría estar relacionada con observaciones astronómicas, se penetra en el tercer recinto, el más moderno, delimitado por una muralla revestida con grandes losas en posición vertical que más sugieren, vistas de frente, una pared que una línea defensiva aunque en realidad era una gruesa muralla.

Las cosas cambian cuando ascendemos en suave rampa hacia el segundo recinto y luego hacia el primero: Gruesas murallas dispuestas en dos niveles, como en bancales, para dificultar su asalto; estrechas entradas en forma de embudo que debieron estar flanqueadas por torres, precedidas de un foso del que aún se adivina la traza y, delante de él, un campo de grandes piedras hincadas, imposible de cruzar a la carrera y menos aún a lomos de un caballo o con una máquina de guerra.

Quienes habitaron este poblado, y sus vecinos de Ulaca o Las Cogotas, distantes apenas 25 Km., invirtieron un enorme esfuerzo en asegurar su defensa. Aunque bien pensado tal vez no mucho mayor proporcionalmente del que invierten muchos estados hoy en día. En dejar de guerrear parece que la humanidad ha avanzado poco.
Para penetrar en el primer recinto, que fue el núcleo fundacional del poblado y es el que se encuentra a mayor cota, es preciso atravesar un sistema defensivo similar, aunque aquí la topografía ahorró parte del trabajo. Al estar construido en la confluencia de dos barrancos desde los que el acceso es casi vertical, las defensas se concentraron hacia el sur, por donde el acceso es más fácil, porque el castro no ocupa la cima de un cerra sino una meseta inclinada ligeramente hacia el sur. Por eso le cuadra bien el nombre de Mesa. Lo de Miranda lo ignoro, pero suena bien.

Caminando solitario por la Mesa de Miranda, en mitad de la dehesa, en una soleada tarde de finales de febrero, con las cumbres de Gredos cubiertas de nieve pero con ese olor de campo que ya quiere ser de primavera, un buitre negro voló muy bajo sobre mi. Había visto otros a lo largo del día pero sólo en ese momento, cuando en mis prismáticos vi su cabeza vuelta hacia mi y con un movimiento imperceptible de las alas girar para escudriñarme mejor antes de perderse tras las encinas, justo en ese momento me vino a la cabeza que nunca antes había cruzado por mi pensamiento. Son muchas las razones que justifican la protección de que gozan los buitres, pero una que a mi nunca se me había ocurrido es que para nuestros antepasados, para los pueblos pre-romanos de la península, los buitres eran los mensajeros encargados de llevar hasta el cielo las almas de los héroes, de quienes habían muerto en defensa de su pueblo. Los buitres no son sólo parte de nuestro patrimonio natural, pensé, sino que forman parte de nuestra cultura, igual que las murallas, los fosos y los campos de piedras hincadas de los castro vettones. Sin ellos nos faltaría una pieza de nuestra historia. Nos sería más difícil comprender como vivían y pensaban quienes vivieron aquí antes que nosotros. También por eso tenemos que conservarlos.