Las Arribes salmantinas

La horizontalidad de la meseta norte se fragmenta en su borde occidental a medida que los ríos que fluyen por ella empiezan a encajarse en rápido descenso hacia el profundo cañón del Duero. Estas tierras zamoranas y salmantinas fronterizas con Portugal son pródigas en estrechos cañones y saltos de agua, que aquí llaman cachones. El más espectacular de todos ellos es el Pozo de los Humos, a medio camino entre Pereña y Mazuecos, donde el Uces salta 50 metros en una bella cascada.

El origen norteño de los repobladores medievales de esta comarca dio lugar a su nombre de Las Arribes, que algunos restringen a las abruptas laderas del tramo fronterizo del Duero. Los casi 100 Km. de este tramo, encajado en una profunda falla de casi 200 m. de profundidad, hacen de Las Arribes el mayor de los cañones ibéricos.

Entre su punto más alto, cuando entra en contacto con Portugal, y el más bajo, cuando el río gira la oeste y se adentra definitivamente en el país vecino, hay una diferencia de cota de 400 m. Esto ha hecho que el Duero/Douro internacional no se divida entre ambos países a lo ancho sino a lo alto, pues el objetivo era el aprovechamiento hidroeléctrico. Es decir, 200 m. de desnivel para Portugal, en los que ha construido tres presas, y 200 m. para España que ha construido dos.

La diferencia de cota entre la penillanura y Las Arribes hacen que estas tenga un clima mucho más suave, lo que se refleja en la vegetación y los cultivos. Ya son pocos los huertos abancalados que hasta los años 70 del siglo XX permitían una precaria supervivencia a sus habitantes. Aunque aún quedan algunos cultivos de olivos y naranjos en Las Arribes, el abandono generalizado ha permitido la recuperación de la vegetación original.

En sus boscosas laderas abundan la especies mediterráneas, y la más notable de ellas es el almez o lodón, que quizás este es el único sitio de la península es que llega a formar bosques en vez de pies aislados como es lo habitual.

La construcción de embalses por España y Portugal para el aprovechamiento hidroeléctrico ha cambiado el paisaje del cañón del Duero. Ya no podemos ver ni oír sus rugientes avenidas en los años de lluvias y nieves abundantes ni su silencioso discurrir en los años de sequía. Pero a cambio de ello nos permite navegar por sus hoy tranquilas aguas y contemplar los impresionantes roquedos graníticos desde los que los buitres contemplan nuestro paso con indiferencia.

Barcos acondicionados para la visita recorren sus aguas y permiten admirar las inmensas masas graníticas que se alzan sobre nuestras cabezas y que se sumergen más de 100 metros bajo las aguas.

Navegar no es la única forma de ver Las Arribes. El gran cañón del Duero no es menos espectacular visto desde arriba. Los grandes domos y acantilados graníticos que nos impresionaron desde el agua no son menos espectaculares cuando se contemplan desde arriba, desde el sendero que discurre por el borde superior del cañón.

Aún se conservan algunos de los primitivos chozos y abrevaderos que los habitantes de esta comarca construyeron en el pasado, aunque el tiempo ha ido borrando, como si no quisiera recordarlo, los vestigios de una forma de vida en que la supervivencia era la palabra clave. Cuando los hombres se descolgaban por estos precipicios hasta los nidos de las águilas para robarle la comida a sus pollos, o bajaban con cuerdas a una cabra hasta una estrecha repisa para aprovechar su pasto.

Hoy Las Arribes son un gran parque natural en que todo se organiza para el disfrute de este gran espectáculo que las fuerzas de la naturaleza labraron en las tierras fronterizas de España y Portugal.