Las Peñas del Tesoro

Como ocurre tantas veces, descubrí las Peñas del Tesoro por casualidad, cuando iba en busca de otra cosa. Pero desde que las encontré rara es la primavera en que no me acerco hasta ellas para disfrutar del espectáculo de este gran berrocal y de la colonia de cigüeñas que se asienta sobre él.

El hallazgo se produjo hace ya bastantes años cuando supe del recien inaugurado museo Vostell en Malpartida de Cáceres y decidí ir a visitarlo. Su emplazamiento no podía ser más privilegiado, en las amplias naves de un antiguo rancho de esquileo y lavadero de lana, junto a la presa de piedra que embalsaba el agua necesaria para el lavado. El  lugar es conocido con el nombre de Los Barruecos o El Lavadero por haber sido en el pasado un importante centro de esquileo y lavado de lana, desde donde esta se exportaba a Portugal para la confección de los uniformes de su ejército.

Pero tan pronto como divisé el berrocal que se alzaba al otro lado de la charca y advertí la presencia de la colonia de cigüeñas, abandoné mi propósito inicial y me dediqué a recorrerlo. Más tarde supe que los grandes bloques graníticos sobre los que estaban los nidos reciben el nombre de Las Peñas del Tesoro. No se que tesoro real o imaginario se oculta entre ellas o fue tal vez encontrado, pero a mi me pareció muy apropiado el nombre porque las peñas, las charcas y el lavadero son un verdadero tesoro.

No se si fue en aquella primera visita o en alguna de las muchas que la sucedieron cuando mi interés por el lugar se incrementó al descubrir lo que me parecieron los restos de un dolmen. Nunca antes había experimentado el placer de descubrir por mi mismo uno de estos milenarios monumentos y dudé durante mucho tiempo de mi hallazgo hasta que encontré una publicación con una fotografía de mi dolmen. No conozco su datación exacta ni si por entonces ya estaban aquí las cigüeñas, pero a veces me gusta fantasear con que fue en tan hermoso lugar donde se fraguó el pacto de amistad entre el hombre y las cigüeñas, y que desde entonces los grandes pájaros se han venido instalando en los monumentos que el hombre ha levantado. Mi última visita a Los Barruecos ha sido hace sólo unas semanas, a mediados de octubre, y creo que es la primera vez que he visto las Peñas del Tesoro sin cigüeñas. Y aunque es seguro que a no tardar estarán de vuelta, no he podido evitar cierto desasosiego a la vista de los nidos vacíos, como temeroso de que el milenario pacto pudiese estar en peligro.

Muchas cosas han cambiado en Los Barruecos desde que los visité por primera vez y la verdad es que para bien. Al fin fueron declarados Monumento Natural y hoy cuentan con un centro de visitantes de traza moderna y excelente contenido.

Por su parte el viejo edificio del lavadero, cuya techumbre amenazaba ruina cuando lo ví por primera vez, está hoy primorosamente restaurado y sigue albergando el museo Vostell de arte vanguardista de forma compatible con su valor cultural tradicional.