Los Enebralejos

Las aguas de deshielo que bajan desde la Sierra de Guadarrama hacia la meseta norte encontraron una fractura en la plataforma caliza que se extiende a sus pies y por ella se deslizaron hacia el interior de la tierra. Poco a poco disolvieron la roca y acabaron por crear un pequeño río subterráneo cuyas aguas acababan, y aún acaban, en un afluente del cercano Duratón.

Con el tiempo, el agua penetró más profundamente y abrió una nueva galería, más amplia que la anterior. Incluso abrió una tercera por la que en años abundantes en nieves y lluvias aún corre el agua durante unas semanas.

Hoy se la conoce con el nombre de Cueva de los Enebralejos y se encuentra en las inmediaciones de la segoviana localidad de Prádena de la Sierra.

Nada perturbó la geológica quietud de la cueva quizás durante millones de años. Hasta que hace unos 4.500 años se asentó cerca de ella un grupo humano. Por los restos encontrados su cultura se sitúa en la transición del neolítico al comienzo de la metalurgia, pues aunque parece que ya sabían trabajar el cobre, sus instrumentos aún se basaban en el silex, mucho más duro. Pero quizás lo más notable es el hallazgo de variscita, una hermosa piedra semipreciosa de color verde, que en España sólo se encuentra en Palazuelo de las Cuevas (Zamora) y en Gavá (Barcelona). Fue desde esta última localidad desde donde debió llegar la gema a Los Enebralejos, pues se sabe que en Gavá había un mina de variscita en el Neolítico.

La cueva no fué nunca habitación humana, pero fue donde los habitantes del poblado dieron sepulura a sus muertos. Debía ser muy alto el significado que atribuían al lugar y poderosas las razones para utilizarlo como necrópolis, porque para llegar a los espacios más amplios tenían que salvar algunos tramos reptando.Hacerlo además portando antorchas encendidas para iluminar el camino debía hacer la operación todavía más complicada. Pero el lugar donde reposar eternamente no podía ser más hermoso. Salas de cuyo techo penden estalactitas de todos los tamaños hacia las que se alzan estalagmitas, que a veces las alcanzan y forman columnas, y cuyas paredes están formadas por vistosas coladas de todos los colores son el más hermoso cementerio que quepa imaginar.

Algunos dibujos esquemáticos de personas y animales y conjuntos de trazos de ignorado significado añaden valor a la cueva. De todos ellos, los que más me llamaron la atención fueron dos grabados de peces en la parte más profunda de la cueva, aquella por donde aún corre a veces el agua. Nunca había imaginado que en los ríos subterráneos, los que discurren por el interior de los macizos calizos, hubiese peces. Pero hete aquí que hace 4.500 años un hombre se deslizó por un estrecho pasadizo hasta donde hoy pocos se atreverían a hacerlo y a la tenue luz de una antorcha los vió, los grabó sobre la roca para que quedase testimonio, y puede incluso que que volviese a su choza con un pez para comer. O tal vez llegó hasta allí, no vió peces y representó lo que hubiera deseado encontrar. Fuese cual fuese la razón, no puedo ocultar que me sentí impresionado por su habilidad y su valor, y hubiera querido saber en que punto de la cueva había sido finalmente enterrado para rendirle un tributo de admiración.