Los tejos de Valhondillo

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Los tejos de Valhondillo

Los árboles -dijo alguien – lo único que nos dan es sombra, todo lo demás no nos lo dan sino que se lo quitamos. Es tanto lo que les hemos quitado que son pocos los que se han librado de la codicia humana y alcanzado la categoría de gigante de su especie. A localizar y documentar los pocos que quedan dedicaron varios años Susana Dominguez y Ezequiel Martinez, que publicaron el resultado de su trabajo en un hermoso libro titulado Árboles, leyendas vivas. Si el baremo que se utiliza es la edad más que el tamaño, aunque suelen ir unidos, el adjetivo de milenario acrecienta notablemente el valor de un árbol, pues enciende de inmediato nuestra imaginación al intentar relacionar su longevidad con algún acontecimiento histórico. Y en esta “competición” por ver que especie arbórea ha contemplado más amaneceres y puestas de sol, el “equipo” de los tejos ocupa una buena posición, pues tejos son algunos de los árboles más viejos de España.
El tejo es un árbol que, en mayor o menor número, se encuentra en toda la península – excepto el suroeste – y en la isla de Mallorca. En ningún sitio es muy abundante y no existen bosques de tejos como tales, sino acompañando a otras especies. De hecho, la tejeda más grande que conozco es la de la Sierra de Sueve, donde se han contado del orden del millar de ejemplares formando un bosque mixto con las hayas.

En el norte de la península es frecuente encontrar grandes tejos junto a ermitas y cementerios, lo que lleva a preguntarse que fue primero, el árbol o la ermita o cementerio. Más al sur esta práctica desaparece, pero aún así se encuentran algunos grandes tejos en húmedos barrancos, como el tejo de Valhondillo o Barondillo, en uno de los arroyos que bajan desde las Cabezas de Hierro al río Lozoya, cerca del límite superior del bosque, donde los pinos silvestres se hacen menos densos y adquieren formas más piramidales y achaparradas.

Al tejo de Barondillo se le calcula una edad de entre 1.500 y 1.800 años y está protegido por un valla para que los visitantes no se aproximen y el pisoteo compacte el terreno y asfixie a las raices, por lo que la imagen no da idea del monumental diámetro de su tronco.

El tejo de Barondillo es un ejemplar hembra y sus frutos hacen las delicias de las aves, que digieren su roja pulpa carnosa o arilo, mientras que las semilla atraviesan intactas el tracto digestivo y acaban depositadas en algún lugar lejano junto con una pequeña cantidad de abono.

Si por el contrario fuese un mamífero el que lo comiese, al masticar la semilla sentiría en su boca los efectos de la sustancia tóxica que esta contiene y aprendería para siempre a respetar el fruto del tejo. También son tóxicas las hojas, aunque no por igual para todas las especies, en particular los rumiantes. Quizás acuciados por la necesidad en inviernos particularmente duros, los ganaderos de algunas regiones del norte de España descubrieron que podían mezclar alguna rama de tejo con el heno con que alimentaban a sus vacas cuando no podían sacarlas a pastar. El principio activo que protege a las semillas y hojas del tejo se ha encontrado que tiene propiedades curativas para algunos tipos de cancer. Los primeros en descubrirlo fueron los indios del noroeste americano, que utilizaban la corteza de tejo para tratar afecciones de la piel. No es el tejo norteamericano el mismo que el europeo, pero sí un próximo pariente y el taxol que aquel contiene, pues así se llama esta sustancia, en pequeñas cantidades en la corteza es más abundante en las hojas del europeo, con la particularidad de que soporta muy bien la poda y puede obtenerse gran cantidad de hojas a partir de las cuales extraer el principio activo.

El tejo de Barondillo no está solo y son numerosos los ejemplares de su especie, aunque de menor tamaño, que pueden verse en el barranco. Acompañandoles en el mar de pinos silvestres que tapizan el valle de Lozoya, se encuentran algunos ejempleras de otros árboles tan predominantemente norteños como ellos, pero que alargan hasta aquí, y aún más al sur, su área de distribución, siempre al amparo de húmedas umbrías.

Tanto y tanto se explotó al tejo que hoy la toponimia conserva su nombre en lugares de nuestra geografía donde ya no se le encuentra. Mientras tanto, los que crecían en lo más recóndito de nuestras sierras, como los de Valhondillo, continuaron guardando el maravilloso secreto que hoy salva vidas, en espera de que se descubriese que podía obtenerse de ellos algo más útil que madera para fabricar arcos, flechas y lanzas. Menos mal que son milenarios – me dije a mi mismo mientras descendía la ladera del barranco – y a saber cuantas plantas de las que me rodean esperan a que la ciencia descubra lo útiles que pueden sernos sin necesidad de destruirlas.Seguro que si pudieran hablar nos lo dirían a voces y nos lo darían de buena gana sin tener que quitárselo.

English Summary

Yews enjoy a high popularity due to the old ages they can reach, even if they are not very common in Spain. Only in some places of the mountains of the north they can be counted by the hundreds, mixed with other species such as beech. Further to the south they are much more scarcer and find refuge in shady mountain valleys, such as Valhondillo, in central Spain, where one of them has an estimated age of 1,500-1,800 years, and that is a lot in a territory whose forest have been exploited thousands of years.This old yew is a female and her red fruit are eaten by the birds that disperse the seeds with their droppings. But the seeds, and also the leaves, have a toxic substance that prevents mammals for chewing them. Only ruminants are tolerant to it to some degree and some cattle breeders of the northern mountains learned to add a few yew branches to the hay they fed to their cattle during the winter. The toxic substance has anticancerous properties and is used to produce antitumor medicines. If was first found in the north american yew, close relative of the european one, whose bark was used by the natives to treat skin diseases.

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