Necrópolis de la Tierra Pinariega

Los extensos pinares que rodean a Quintanar de la Sierra ocultan entre sus troncos la huella de sus antiguos pobladores. Hacia finales del siglo IX una pequeña comunidad, de tal vez no más de una docena de familias, se asentó de forma dispersa en estas tierras, para desaparecer más tarde en el siglo X. No se sabe de donde o por qué vinieron ni a donde o por qué se fueron, pero se supone que eran ganaderos como lo siguen siendo algunos de sus actuales habitantes. El clima de esta zona no se presta a la agricultura por la dureza del invierno, así que esa opción parece descartada, pero cabe pensar que quienes aquí vivieron hace más de mil años completaban su dieta con la caza y la recolección. Pero lo único cierto, lo único que ha llegado hasta nosotros son sus necrópolis.

Sobre un promontorio de roca arenisca levantaron una pequeña iglesia y entorno a ella cavaron las tumbas en que enterraron a sus muertos. Las orientaron a levante, por donde sale el sol, donde está Jerusalén y donde se celebrará el juicio final. De la iglesia nada queda, más que la traza de su planta sobre la roca. Pero las tumbas, más de 150, allí permanecen, formando una gran necrópolis a la que hoy se da el nombre de Cuyacabras.

No lejos de Cuyacabras se encuentra otra necrópolis similar, la de Revenga, algo más pequeña y de cuya iglesia tampoco quedan más que unas marcas en la roca. De dimensiones aún más reducidas es la cercana necrópolis de Regumiel de la Sierra, con la particularidad de que se encuentra en pleno casco urbano y dominada por la actual iglesia del pueblo, que sin duda ocupa la posición de la que, hace siglos, levantaron los desconocidos habitantes de estos bosques.