Sabinar de Calatañazor

Leí en tiempos una historia según la cual el Cid, en su marcha de Castilla, procuró cabalgar a través de sabinares, pues por ser bosques poco densos se prestaban peor a las emboscadas. No se si la historia tiene el menor fundamento, pero sí que la sabina albar, propia de los fríos, pobres y secos páramos calizos de ambas Castillas, necesita amplio espacio para extender sus raices, manteniendo así una baja densidad. Por eso en los sabinares rara vez hay más de 30 árboles por hectárea y con frecuencia menos.

La situación cambia en los fondos de valle, donde la mayor fertilidad y humedad del suelo podría dar lugar, si no estuvieran ocupados por cultivos, a que la encina y el quejigo desplazaran a la sabina.

Pero siempre hay una excepción y esta es la del pequeño pero hermoso sabinar de Calatañazor, que se encuentra en el fondo de un valle y tiene una densidad de entre 100 y 200 grandes sabinas por hectárea.

No sólo son densas y longevas sino que también son mucho más altas y gruesas que sus congéneres de los páramos con su hermosos troncos, que parecen hechos de tiras, teñidos de gris y de verde por los líquenes que se desarrollan sobre sus cortezas.

Mucho tiene que ver el hombre con el sabinar de Calatañazor por el uso que hace de este espacio. Utilizado desde tiempo inmemorial como tierras comunales de pastos, el ganado ha abonado el pastizal aumentado la fertilidad del suelo, al tiempo que con su diente eliminaba cualquier otra especie que no fuera la sabina, de la que no se alimenta.
Antes o después las sabinas también mueren pero su madera imputrescible las sobrevive tal vez durante siglos como elemento esencial de la arquitectura popular de las tierras donde prosperan estos bosques, restringidos a parte de la península ibérica, sur de Francia y norte de África, siendo los ibéricos los más extensos.

  • Ubicación / Región Soria