Sanabria

La tersa y oscura superficie de los lagos siempre ha estimulado la imaginación humana y ha dado lugar a numerosas leyendas. En su fondo yacen, según los casos, castillos, ciudades o palacios y de su fondo llega, en señaladas ocasiones, el tañido de las campanas de sumergidas catedrales, iglesias o ermitas.

El más grande y profundo de los lagos de España, el de Sanabria, no podía ser una excepción a esta regla y también cuenta con su propia leyenda. Según ella, el lago no estuvo siempre allí y se formó cuando un caminante, irritado porque no se le prestaba el auxilio que solicitaba, golpeó con su cayado sobre el suelo y al punto surgió un copioso manantial que inundó las tierras de tan poco hospitalarias gentes. Dicen incluso que el nombre de aquel pueblo era Villaverde de Lucerna, al que Unamuno dedicó unos versos.

Que el lago de Sanabria no estuvo siempre allí es totalmente cierto, pero su origen es bien distinto del que nos cuenta la leyenda. Y como suele suceder, la verdad es mucho más apasionante que cualquier historia inventada.

Cien mil años atrás dió comienzo la última de las muchas glaciaciones que ha habido a lo largo de la historia del planeta, que alcanzó su puntó álgido hace 18.000 años y luego, 10.000 años atrás, finalizó rápidamente.

Durante todo ese tiempo las altas tierras en torno a Sanabria, que llamamos sierras pero que en realidad son una altiplanicie de la que sobresale Peña Trevinca como un espolón, estuvieron cubiertas por un espeso manto de hielo a modo de casquete. Desde él, y aprovechando los valles fluviales del anterior período interglaciar, se deslizaron lenguas de hielo de las que la mayor bajó por el valle del Tera y alcanzó unos 20 Km. de longitud. Hacia él confluían lenguas laterales aumentando su volumen de modo que donde hoy se encuentra el lago el espesor del hielo llego a los 500 m. En su avance el glaciar arrancaba las rocas que encontraba en su frente y sus laterales e incorporaba a su masa las que caían sobre el desde las laderas. El enorme poder abrasivo del glaciar excavó la cubeta del hoy lago y las rocas que arrastraba forman hoy las morrenas que nos muestran cuales fueron sus dimensiones. Los geólogos que las estudian han mapeado sus traza y nosotros podemos verlas como rocas de distinto tamaño en medio del bosque o envueltas en una fina matriz de tierra en los terraplenes de las carreteras cuando estas cortan una morrena.

Bajo las condiciones climáticas actuales el lago de Sanabria se encuentra rodeado de bosques de roble melojo, de hojas profundamente lobuladas, que es sustituido por matorral de escobas y piornos allí donde el fuego o el sobrepastoreo han degradado el bosque.

Serbales, abedules, y cerezos silvestres son otras especies presentes en estos bosques en los que, en algunos puntos,hace presencia el acebo.Abundan también los castaños, salpicados aquí y allá y más frecuentes en las inmediaciones de los pueblos, sin duda por el cultivo, y que adquiere un vistoso aspecto cuando en el mes de junio están en flor.

Y en medio de la espesura a veces nos sorprende la delicada belleza de la flor de madreselva o el arraclán con sus frutos primero verdes, luego rojos y de un suave color azul antes de alcanzar el negro de la madurez.

Por los valles que un día cubrieron los hielos hoy corren ríos de aguas cristalinas en los que abundan las truchas, los barbos, los cachos y la bermejuelas y donde encuentran su alimento las nutrias y los pequeños desmanes.

Sus orillas están cubiertas de sotos sauces, fresnos y alisos de hojas lucientes y pequeños frutos que asemejan diminutas piñas.

Más arriba, por encima del límite del bosque de robles, se extienden los brezales y pastizales donde en verano apacientan sus rebaños los pastores trashumantes y donde los hielos del casquete glaciar excavaron numerosas cubetas, hoy ocupadas por pequeñas lagunas y turberas.

Junto al lago hay dos pequeños pueblos, Ribadelago y San Martín de Castañeda. El primero es de triste recuerdo pues en 1959 fue arrasado por las aguas de un embalse cuya presa, aguas arriba del pueblo, se derrumbó durante la noche causando numerosas muertes.

En el segundo se levantó en el siglo X un monasterio, cuyos monjes obtuvieron del rey la exclusiva de pesca en el lago. Fue reconstruido en el siglo XII y de este sólo queda la iglesia, que por haber sido parroquia se libró de la desamortización del siglo XIX. En su portada aparece San Martín, en la clássica escena de compartir su manta con un pobre, estando rematado en su parte posterior por un hermoso ábside con esbeltas columnas de labrados capiteles enmarcando las ventanas.