Una obra de romanos

A todos nos admiran las grandes infraestructuras que crearon los romanos en Hispania. La red de calzadas, el acueducto de Segovia, el puente de Alcántara y tantas y tantas otras que consideramos parte importante de nuestro patrimonio cultural. Y tanto como la obra en sí misma lo que nos admira es la capacidad para elegir el mejor emplazamiento, el trazado más exacto o las dimensiones precisas. Amén de otros detalles menos visibles y admirados, pero esenciales para que la gran obra cumpliera la función para la que había sido levantada.

Uno de estas obras menores pero esenciales es la toma de agua para el acueducto de Segovia. No tiene ni de lejos la grandiosidad del acueducto ni atrae a multitud de visitantes. Pero allí sigue también después de 2.000 años, a media ladera de la sierra de Guadarrama, envuelto en la umbría del pinar de Valsaín, desviando parte de las aguas del río Frio que hoy ve su camino cortado por el embalse de Puente Alta. Justo en su cola, en un espacio donde suelen aparcar los pescadores,  se encuentra una marca que nos indica la distancia y el camino

A partir de aquí no dejaremos de encontrar señales , unas veces con el símbolo del acueducto pintado sobre un mojón o una piedra y otras como un cartel bien explícito. El sendero discurre siempre por la margen derecha del río y no ofrece ninguna dificultad al caminante. Es más bien un grato paseo a través de un bosque en que abundan los claros.

Tras un par de kilómetros divisamos la pequeña represa que desvía las aguas del Frio y ya de cerca reconocemos las típicas grapas de hierro que mantienen unidos los bloques que forman el azud.

No es una obra grandiosa y no se ajusta a lo que solemos entender por una obra de romanos. Pero sin estas pocas piedras en un pequeño arroyo en medio del bosque, el acueducto de Segovia no habría servido para nada. Sentado junto a ellas el día de mi visita no pude evitar decirme “Esto también es una obra de romanos”